¿Para qué querés un corazón que no siente? ¿De qué sirven tus pulmones si no volverás a respirar el aroma de la lluvia en el verano? ¿Por qué te vas a llevar un par de córneas a un lugar en el que tendrás los ojos cerrados? No compartirás otro asado con tu familia; no degustarás el cuerpo y la textura de un vino añejo. ¿Y todavía pensás que te harán falta el hígado, los riñones, el páncreas?
Debe ser triste morir. Sabemos que tarde o temprano va a suceder, pero nos pasamos la vida tratando de evitarlo. Así logramos al menos que la última farra aparezca lejana y difusa. Quizás por eso postergamos lo que podríamos haber hecho ayer. Quizás por eso nos aferramos a lo material, sin entender que lo tangible solo nos pertenece mientras dure la ocasión. Hay formas mucho más hermosas de ganarle al tiempo, aunque no estemos aquí para disfrutarlo.
Existe, además, algo mucho más triste que morir, y es ver a una persona morirse de a poco. La agonía se propaga; el enfermo y quienes sufren con él se acostumbran al temor diario del parte médico; al olor aséptico y escalofriante de una sala de espera. Cada amanecer es un nuevo round; cada noche es un sueño incómodo, cargado de angustia. Así pasan los días, y en ningún lado te dicen hasta cuándo hay que esperar.
Muchas de estas historias son el típico caso en el que la culpa es de nadie y es de todos.
Nadie tiene la culpa de que Rosario Moreno Salmoral haya nacido con una enfermedad tan grave. Al contrario. Mucha gente la ayudó como pudo para que lograra cumplir varios sueños. Sus padres y su familia sacaron fuerzas de donde no hay hasta el último minuto. Fue internada en una de las mejores clínicas de la Argentina; su estado crítico de salud fue difundido a través de todos los medios de comunicación. Un país entero compartió el honesto deseo de que llegara a cumplir los 15 años. Pero Rosarito no tuvo la chance de un trasplante bipulmonar.
Y es entonces cuando la culpa es de todos. No de quienes ya se fueron, sino de los que estamos vivos. Porque dejamos para mañana lo que deberíamos haber hecho ayer. Es una firma, nada más. Y podrás regalar vida con algo que ya no necesitarás. Es tarde para Rosario, pero la lista aún es larga y nunca se va a cerrar.
Esta semana vi a una madre treintañera caminando por el centro, llevando de la mano a su hijita. "Las personas no son de nadie, son de sí mismas", decía la mamá, con ese tono soberbio que usan los adultos cuando les explican cosas a los niños. Creo que hubiese sido más lindo y apropiado que le enseñara que las personas no son nadie ni de sí mismas; sino que todos somos de todos.
Si donás tus órganos entregás lo más valioso que tenés. Y en algún lado del país tu corazón seguirá sintiendo por muchos años más; tus pulmones respirarán el aroma de la lluvia de otro verano; la luz del sol besará las córneas de unos ojos bien abiertos una nueva mañana. Y alguien compartirá un asado con su familia, quizás degustando un vino añejo en un homenaje eterno hacia vos.
Para inscribirte como voluntario (o dejar registrada tu negativa a hacerlo) tenés que ser mayor de 18 años e ir con tu DNI a calle Las Piedras 1111. Podés despejar varias dudas en el sitio web www.incucai.gov.ar.